Mostrando entradas con la etiqueta Lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lectura. Mostrar todas las entradas
1/1/18
3/5/15
Por qué no es necesarío que tu hijo aprenda a leer o escribir antes de los 6 años
Prácticamente todos asociamos la
escolarización con el aprendizaje de la lectura y la escritura. ¿Tú no?
Pues vaya por delante mi enhorabuena.
Es verdad, cuando un niño empieza el
segundo ciclo de Educación Infantil, lo más común es que para todos los
de su alrededor (padres, otros familiares, amigos, e incluso maestros)
empiece una cuenta atrás hasta que el niño sabe leer.
Una cuenta atrás que, como cualquier cuenta atrás que se precie, esperan
sea corta, por supuesto. Probablemente tenga que ver con que vivimos
acelerados y se acaba imponiendo la cultura de la velocidad:
hoy todo es instantáneo, evitamos a toda costa las esperas, en cuanto
un ordenador empieza a ir lento lo cambiamos y antes de que el semáforo
se ponga en verde ya estamos acelerando. Pero no nos planteamos siquiera
si realmente tenemos prisa.
¿La tenemos?
¿A qué edad debe aprender a leer o
escribir un niño? ¿lo antes posible? La respuesta es bien sencilla: un
“NO” rotundo y enorme con luces parpadeantes.
Es evidente que funcionalmente no lo
necesitan. Leer libros se los podemos (y debemos) leer (o contar, que no
es lo mismo) los padres y maestros, y para jugar y aprender no les hace
ninguna falta. ¿Qué más tiene que hacer un niño de infantil? No
necesitan saber leer ni escribir para comer, dormir ni divertirse.
Entonces, ¿para qué tanta prisa? A lo mejor es que tienen ventaja sobre
aquellos que empiezan a leer más tarde… pues no existe
ninguna investigación que demuestre que los niños que leen a los cinco
años tengan mejores resultados a largo plazo que aquellos que
aprendieron a los seis o siete, y seguro que no es por falta de estudios.
Cada niño tiene su ritmo de desarrollo, y
efectivamente, habrán algunos que tengan mucha curiosidad y facilidad
desde muy temprano, pero no nos engañemos, no es lo habitual. Estamos
tratando de acelerar un proceso que necesita su tiempo. Hay cosas que,
simplemente, han de cocerse a fuego lento para que el resultado sea el
esperado, el mejor de los posibles. Estamos tratando de realizar la
mejor tarta del mundo en el microondas, porque sube antes. Sí, sube
antes, pero ¿a costa de qué? Enseñarles a leer mientras no lo necesitan,
no les interesa y no es su momento, significa presionarles. Y la
presión, evidentemente, desmotiva, y lo que no motiva es muy difícil que
se aprenda significativamente.
Con demasiada frecuencia, el tiempo no respeta el ritmo natural de la infancia y la adolescencia, y fuerza una educación precoz y una adultez prematura de efectos nocivos y perversos. Demasiados estímulos, presiones y prisas.
Jaume Carbonell
(pedagogo, periodista y sociólogo, director de la revista “Cuadernos de
pedagogía” y profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de
Vic) en su libro”Una educación para mañana”.
Y es que, de hecho, no sólo estamos
presionando para acelerar un proceso, sino que además estamos utilizando
un tiempo precioso (y en abundancia, porque se consumen muchas horas en
esta labor de la lectoescritura) para enseñar destrezas para las que
todavía no están maduros, cuando existen otros muchos aprendizajes para
los que sí lo están y que sin embargo se ven relegados a un segundo o
incluso tercer plano como son valores, autonomía, autoconocimiento o el
razonamiento lógico.
A la hora de plantearnos a qué edad debe aprender a leer o escribir un niño tengamos claro que está comprobado que en los niños que escriben desde temprano, la lectoescritura ha dejado de lado la creatividad y la curiosidad. Y no nos damos cuenta de la envergadura del problema: nada menos que la creatividad y la curiosidad.
No sé vosotros, pero yo prefiero que mis alumnos sean creativos y
curiosos que tener alumnos que saben descodificar un mensaje con un
código totalmente aleatorio, sobre todo porque tratar de acelerar el
proceso genera etiquetas tempranas (de “lento”, “vago”… y estas son las
mejores que encontraremos) que arrastrarán más tiempo del que somos
conscientes, y además probablemente de manera totalmente injusta, porque
si vamos a etiquetar (que no deberíamos), al menos que sea en el
momento evolutivo correcto. ¿Por qué me tienen que llamar vago si yo
tengo muchas ganas de trabajar, pero precisamente esa actividad no me
interesa porque todavía no la necesito? Y no creáis que eso se quedará
en la cabeza de quien trata de enseñarme a leer, sino que, de alguna
forma, llegará al conocimiento de mi familia, de la siguiente profe…
perpetuándose hasta quién sabe cuándo.
Y podría sacar el “argumento Finlandia”,
pero no lo haré porque sería medir con herramientas tan poco adecuadas e
injustas como PISA. Pero es que no hace falta, porque en otros países como Alemania
también esperan hasta los 7 para empezar con la lectoescritura, y lo
mismo pasa con algunas pedagogías alternativas minoritarias, ésas que a
todos entusiasman pero que, a la hora de la verdad, que mi hijo vaya empezando a leer y escribir, que si no quedará muy feo en su CV…
Tengamos presente un dato objetivo que suele darse erróneamente por supuesto y es que la legislación no nos obliga a que los niños salgan leyendo de la etapa de Educación Infantil. La LOE
(porque la LOMCE no ha modificado la etapa que nos ocupa) habla, tanto
en su artículo 13 sobre objetivos como en su artículo 14 sobre
ordenación y principios pedagógicos, de una aproximación a la
lectoescritura en Educación Infantil. “Aproximación” no puede querer
decir haber alcanzado la destreza por completo, como les exigimos a los
niños con 5 años. Para mí, aproximar significa mostrarla de la manera
más atractiva posible y, como hacen en las campañas de marketing, crear
una necesidad para que sobre la motivación y se vaya cocinando poco a
poco, al ritmo de cada uno y sin ningún tipo de exigencia o etiquetaje
temprano. Así que está claro que no soy tan rebelde, porque ¡tengo a la
legislación vigente de mi parte!
Esto no quiere decir que no podamos
llevar las letras a las clases de Educación Infantil, ¡todo lo
contrario! Las letras y los números tienen que estar presentes en
nuestras aulas, lo que tenemos que cuidar es el modo. Como digo, hemos
de procurar mostrar la lectura y la escritura de la manera más atractiva
posible: tener muchos libros (atractivos y en un lugar adecuado, como
os cuento aquí), leerlos a menudo, realizar cuentacuentos, actividades divertidas y manipulativas con las letras (como las que os sugiero aquí y aquí)
y un largo etcétera; pero también crear la necesidad de leer y
escribir, mediante la correspondencia, los mensajes misteriosos,
carteles por todas partes… pero desde luego, lo que no hace que la
lectura y la escritura sea más atractiva a los niños es copiar palabras
que carecen de sentido para ellos. La mayoría de los pequeños hace
muchas fichas en el colegio donde podemos comprobar que saben escribir
palabras completas. Pura fachada: la mayoría de veces son palabras
copiadas de la pizarra, que, insisto, porque es lo más importante,
carecen de sentido para ellos, más allá de ser varios simbolitos que les
obligan a escribir juntos, y que no pueden hacer de otra forma porque
estará mal, aunque no entiendan por qué. Así se aprende a leer y
escribir a los 4 años. ¿Dónde queda el respeto por la escritura
espontánea que se enseña en la universidad? ¿Y el aprendizaje
significativo? ¿Y las experiencias o descubrimientos? Yo no los
encuentro.
Entonces, ¿por qué se hace así?
Pues he tenido conversaciones serias
sobre a qué edad debe aprender a leer o escribir un niño con personas
pertenecientes a diferentes ámbitos, y lo que detecto es que nos echamos
la culpa los unos a los otros. Probablemente porque, en mayor o menor
medida, y aunque nos cueste reconocerlo, todos somos algo responsables
de esta situación.
Por una parte, los propios maestros de Educación Infantil
le damos mucha importancia a la lectoescritura y a la numeración, muy
por encima de otras destrezas básicas que siempre reivindicamos pero que
luego no solemos poner en práctica. Nos podemos escudar en lo que
queramos, pero la última palabra la tenemos nosotros, y deberíamos
utilizarla en beneficio de los niños.
En segundo lugar, tenemos a las editoriales,
que también le dan muchísima importancia a que los niños sepan leer y
escribir al acabar la etapa, y para los maestros es mucho más cómodo
utilizar una editorial que trabajar según su propio criterio, que da
mucho más trabajo. Pero quizás también podríamos presionar un poco en
este sentido.
Además, los maestros de primaria,
consideran que no es su trabajo enseñar a leer y a escribir, quieren
que les lleguen lectores, algo que, por cierto, no cuadra con el hecho
de que la Educación Infantil, hasta ahora, no tiene carácter
obligatorio. Pero, ¿es mejor que les lleguen malos lectores o que creen
buenos lectores?
También es verdad que la propia etapa de primaria está diseñada para lectores
desde su mismo inicio. Los libros son para lectores, las destrezas que
se espera que los niños adquieran requieren que los niños sepan leer
desde el inicio… todo esto es la misma cultura de la velocidad, que ha
llegado a la administración y a la escuela, y sigue sin casar con que la
etapa de Infantil no sea obligatoria.
Y por último, las familias,
en general, también presionáis en este sentido. Tendéis a comparar
colegios según si sus alumnos aprenden o no a leer y escribir, y
establecéis como positivo el hecho de aprenderlo, y además cuanto antes
mejor. De hecho los maestros muchas veces nos escudamos en que las
familias “lo pedís”. Y que conste que lo entiendo, yo también lo veía
desde ese punto de vista hasta que empecé a interesarme realmente por el
tema, y ahora tengo una visión totalmente distinta.
Así que es evidente que todos los
ámbitos que participan de la educación de los niños tienen, como decía,
algo de responsabilidad en la forma en la que se enseña a leer y a
escribir en la mayoría de las escuelas españolas, y por tanto en la
prisa que les metemos a los niños para que adquieran rapidito la
habilidad de la lectoescritura. Pero de nada sirve culparnos. Si todos
tenemos algo de responsabilidad, es que todos tenemos que formar también parte de la solución.
Así que hagamos un ejercicio de autoevaluación, y tratemos de discernir
si nuestros actos, nuestras decisiones y nuestras críticas al trabajo
de los demás son, no sólo adecuadas, sino las más beneficiosas para los
que deben ser los protagonistas en cuestiones de educación: los niños.
26/4/15
23/4/15
30 Alucinantes regalos para los amantes de la lectura
La
lectura es uno de los pocos placeres en esta vida que te permite viajar
a lugares jamás imaginados y te permite aprender sin siquiera darte
cuenta. Los amantes de la lectura entenderán a la perfección lo que digo
y querrán con toda su alma los siguientes productos.
1. El separador más genial del mundo, te dice exactamente en que renglón y palabra te quedaste.

2. Una lámpara para lectores nocturnos.

3. Porque algunas historias te hacen llorar.

4. Una cubierta transparente para aquellos que aman comer mientras leen, así no mancharás las páginas.

5. Una funda para laptop en forma de libro.

6. Una hermosa lámpara.

7. Este aparatito te permitirá sostener ambas partes del libro sin destrozarte el dedo.

8. Una vela con olor a libro viejo.

9. Un separador en forma de sangre, perfecto para historias de terror.

10. Un sello personalizado que marcará tus libros con tu nombre.

11. La repisa perfecta.

12. Hermosas lámparas.

13. Porque el amor por los libros no está peleado con la tecnología.

14. Yo leo pasada mi hora de dormir.

15. Un cepillo quita polvo.

16. Leer es sexy.

17. *_*

18. El accesorio perfecto.

19. Un bolso maravilloso.

2o. Almohadas que te acompañarán en tus lecturas.

21. Llora aquí cuando un personaje ficticio muera.

22. La quiero ya.

23. Este broche conquistará a cualquiera.

24. Nadie creerá que llevas un celular. *_*

25. Un cargador en forma de libro.

26. Para los que sueñan con escribir una novela.

27. Simplemente hermoso.

28. :3

29. Para los que aman leer en la tina.

30. Un soporte para libros que además es una almohada de viaje.

1. El separador más genial del mundo, te dice exactamente en que renglón y palabra te quedaste.
2. Una lámpara para lectores nocturnos.
3. Porque algunas historias te hacen llorar.
4. Una cubierta transparente para aquellos que aman comer mientras leen, así no mancharás las páginas.
5. Una funda para laptop en forma de libro.
6. Una hermosa lámpara.
7. Este aparatito te permitirá sostener ambas partes del libro sin destrozarte el dedo.
8. Una vela con olor a libro viejo.
9. Un separador en forma de sangre, perfecto para historias de terror.
10. Un sello personalizado que marcará tus libros con tu nombre.
11. La repisa perfecta.
12. Hermosas lámparas.
13. Porque el amor por los libros no está peleado con la tecnología.
14. Yo leo pasada mi hora de dormir.
15. Un cepillo quita polvo.
16. Leer es sexy.
17. *_*
18. El accesorio perfecto.
19. Un bolso maravilloso.
2o. Almohadas que te acompañarán en tus lecturas.
21. Llora aquí cuando un personaje ficticio muera.
22. La quiero ya.
23. Este broche conquistará a cualquiera.
24. Nadie creerá que llevas un celular. *_*
25. Un cargador en forma de libro.
26. Para los que sueñan con escribir una novela.
27. Simplemente hermoso.
28. :3
29. Para los que aman leer en la tina.
30. Un soporte para libros que además es una almohada de viaje.
6/4/15
“Que otro te lea un libro te despierta la curiosidad”
Domingo, 22 de marzo de 2015
TELEVISION › NORMA ALEANDRO HABLA DEL CICLO CUENTOS PARA IMAGINAR
En el programa de Pakapaka, la más reconocida de las
actrices argentinas recorre distintas escuelas públicas del conurbano
para leerles a los niños y niñas cuentos de ayer y de hoy. “Los chicos
ven en el libro algo diferente, que los va a ayudar a imaginar”, afirma.
Horacio Quiroga, Silvina Ocampo, Javier Villafañe, Ricardo Mariño, Ema Wolf y Liliana Bodoc son algunos de los autores a los que el ciclo televisivo echa mano para llevarles a los más pequeños cuentos misteriosos, graciosos, encantadores y entretenidos. Los textos narrados en distintas escuelas, ante la atención de los chicos, toman en la expresiva voz de la actriz y en la gestualidad conmovedora de sus lúdicos ojos una potencialidad hipnótica que traspasa los límites de la pantalla. “Leer el libro, que no te cuenten una historia, sino poder tener el libro en las manos, es el comienzo de un paso fundamental en la vida: saber leer y escribir. Celebro que quisieran llevar a las escuelas el libro en sí, no a una persona que les narrara una historia. No existe mundo más enriquecedor que el libro. No es lo mismo contarles a los chicos una historia de memoria, o una imaginada, que leerles una historia de un libro. El libro, a esa edad, empieza a ser un maravilloso e inquietante pozo sin fondo”, subraya la protagonista de decenas de películas, obras de teatro y programas de televisión.
–¿Lo dice por conocimiento de causa? ¿Cree que aquellas lecturas de su abuela Pepita despertaron su curiosidad mucho más que la escuela? –Mi abuela me leía mucho el Quijote. Uno dice el Quijote y piensa que mi abuela era una intelectual, alguien formada. Pero nada que ver: ¡era cocinera! Era una autodidacta, un ser excepcional, en muchos sentidos, pero fundamentalmente para mí porque fue la mujer que me crió, ya que mis padres eran actores y vivían de gira. Pero además tenía la certeza de que eso que había escrito Cervantes era maravilloso. Tan maravilloso como para que me leyera diariamente algún pasaje. Nos lo leía todas las noches como en muchas casas se leía la Biblia. Esa lectura antes de dormir fue, para mí, una experiencia formativa única. Mi abuela era española, de Castilla, conocía la lengua castellana, por lo que lo que no podía entender como argentina, ella me lo traducía. No es que había tantas palabras diferentes, pero sí había una manera de decir sensacional. Esa historia de ese pobre hombre que había leído los cuentos y que se fue a vivir aventuras era maravillosa. El Quijote fue una de aventuras como hoy pueden ver a los chicos entusiasmados en aventuras por televisión o en los comics. Esa potencia estaba en un libro muy grande que tenía y que, al finalizar cada capítulo, nos mostraba los dibujos que ilustraba el texto. Esa lectura y esos dibujos geniales eran la puerta de entrada a meterme en otros mundos que no tenían nada que ver con el que vivíamos todos los días.
–¿Cree que los hábitos se modifican con el tiempo, pero que ningún avance tecnológico puede reemplazar el estímulo imaginativo del libro? –Los chicos ven en el libro algo diferente, que los va a ayudar a imaginar. No digo a “aprender”, porque a esa edad los chicos no se proponen “aprender”. Nadie nació para “aprender”. “Aprender” se “aprende” en el colegio. Pero imaginar y volar a mundos y situaciones que nunca supusiste que podían existir es de otra dimensión. Transmitirles eso a través de un ciclo de TV me entusiasmó. No era enseñarles a los chicos cómo una actriz les cuenta un cuento. Nada que ver. Cuentos... les muestra cómo de un libro surgen historias maravillosas que los invitan a volar, a imaginar la vida.
–¿Es posible, desde este ciclo, trasladar aquella experiencia personal de lectura íntima a chicos diseminados por todo el país? –Tener la posibilidad de leer cuentos, tener el libro en la mano, pasárselos a ellos para que lo lean e investiguen es incentivarlos a desarrollar otros aspectos de su vida. La curiosidad que provoca un libro es intransferible. No es lo mismo escuchar que leer, que tocar. Cuando a uno le leen algo y uno ve que la “magia” sale de ese objeto, uno quiere tener un rato la “magia” en su mano. Pasa con todas las cosas que nos asombran. De tener en la mano un libro a leer y escribir hay un sólo paso. Es mentira que es doloroso aprender a leer y escribir.
–¿Hay que recuperar la experiencia del libro en la sociedad actual, tan proclive a las tecnologías? –No tengo dudas. Hay que recuperar la cultura del libro. El otro día leía que Buenos Aires es la ciudad que más librerías tiene en el mundo. Es una maravilla. Qué suerte que tenemos de tener a mano ese florido mundo del libro. Por suerte hay editores que siguen arriesgado y canales como Pakapaka, que se propone llevarles los libros a los chicos en las escuelas. Cuando un chico lee un libro por fuera de la institución escolar, es el mismo chico el que decide leerlo o no, dejándose llevar. Ver a un chico con un libro en la mano, sin esperar que le tomen lección ni que le pongan suficiente o insuficiente, es una experiencia sorprendente. Con el programa recorrí escuelas en Berazategui, Llavallol, La Matanza, Avellaneda, Morón, y vi caritas absortas escuchando los cuentos. Pero vi también la fascinación de poder tocar el libro e investigarlo, saber que eso existe, que el cuento no era resultado de mi invención.
–El problema es que ese mismo estudio reveló que en las comunas más pobres de la Ciudad de Buenos Aires no hay ni una librería. La brecha cultural se mantiene. –Tenemos que entender que los chicos están ávidos de leer y que somos los adultos los que tenemos que despertarles ese deseo innato. Eso lo comprobé con este ciclo. Cada vez que terminaba de leerles el cuento y les pasaba los libros, veía la excitación que les producía tenerlo en sus manos. No hubo manera de recuperar esos libros, aunque no era la intención recuperarlos.
Rebelde con causa
–¿Cree que el sistema educativo todavía no pudo romper con la tradicional manera de entender el ámbito escolar? –Seguro. Es mucho más fácil proponer una currícula uniforme y señalar qué hay que leer, y que no que trasladarles a los chicos la experiencia y el placer de leer cuentos de manera colectiva. Los cuentos, la literatura en general, son un medio idóneo para que los chicos entiendan un lenguaje, una manera de pensar, una manera de vivir, y sobre todo para incentivarles la necesidad de leer y escribir. El programa incita a leer y escribir. Cuando uno lee, tiene necesidad de escribir después.–¿Fue por ese mismo arcaico sistema educativo que a los trece años usted se hizo expulsar de la escuela y abandonó el colegio para siempre? –Me sentía presa en la escuela a la que iba, hacían cosas que yo detestaba. A mí me crió mi abuela y era ella la que decidía la educación. Mis padres siempre estaban de gira. En el colegio al que iba, el Normal No 9 de Callao y Corrientes, nos daban catequesis. Tenía tres compañeritas que eran judías, y la maestra las mandaba a estudiar “moral”, supuestamente. Pero en realidad las tenían sentadas en un pasillo, en el mismo lugar en el que nos ponían cuando nos castigaban. A mí me pareció una barbaridad y le pregunté a la maestra por qué no las dejaban a ellas estudiar su religión. La maestra me respondió que de ninguna manera, que estaban castigadas, y me dijo todo tipo de cosas espantosas. En ese momento me planteé que no quería estudiar con una maestra así. Mi abuela escribió una nota firmada en la que me autorizaba a no ir a la clase de religión. Obviamente, la maestra me sintió una “enemiga” y me puso con las chicas judías en la clase de “moral”, que no existía, era un castigo. A partir de ahí, mi estadía en el colegio se convirtió en una guerra con las maestras y la dirección, por lo que decidí no estudiar más. Mi padre, por supuesto, quería que siguiera estudiando. Le propuse que iba a seguir estudiando, pero por mi cuenta. Y así fue. Fui una autodidacta durante toda mi vida, hasta el día de hoy.
–¿Siempre tuvo esa personalidad de rebelarse contra las injusticias? –Qué le digo: sí. No lo puedo resistir. Mucha gente me dijo a lo largo de mi vida que parara, pero es más fuerte que yo. Viví momentos espantosos por ser así, como tener que exiliarme del país.
–¿Cómo fue el exilio vivido en Uruguay y luego en España durante la dictadura? –Largo, muy largo. Yo había dicho que había gente desaparecida en el país. Y lo dije porque era la verdad, no porque estuviese de acuerdo con la guerrilla. En la guerrilla tenía gente amiga y conocida, pero no estaba de acuerdo con lo que estaban haciendo, ni con lo que pensaban, ni cómo lo llevaban a cabo. Mi denuncia tenía un sentido humano. Si ellos estaban haciendo algo malo, el Estado no podía no hacerles un juicio. Pero no podían “desaparecerlos”, como los llamaban, y aún los siguen llamando... Lamentablemente no se ha cambiado el nombre. Ese término, desaparecido, lo empecé a usar en los reportajes que me hacían al finalizar el gobierno de Isabel Perón. Lo único que decía es que “hay gente a la que se la llevan y no vuelve, que no sabemos dónde está, que yo no estoy de acuerdo con lo que piensan, pero que no podía ser que no se las devolvieran a sus casas y a sus padres...”. No decía más que eso. “No tenés idea de lo que implica decir eso”, me dijeron un día. Después me pusieron una bomba en el teatro y otra bomba explotó en mi casa. Me dieron 48 horas para salir del país. Salí a hacia Uruguay en menos de cuatro horas.
–¿Temió por su vida? –No es que temí, me lo dijeron claramente: si no me iba del país, me mataban. Era claro.
–¿Y qué le produce que ahora se ponga tan en tela de juicio que los actores y actrices hablen de política y den a conocer sus pensamientos? –A mí me parece estupendo que los actores opinen. ¿Por qué no van a opinar? ¿Por qué un abogado, un obrero metalúrgico o cualquier trabajador puede opinar a favor o en contra del gobierno, y está bien, y si lo hace un actor es un escandalete atroz? ¡No! Los actores y actrices son ciudadanos. Así considero a mis compañeros. Nunca he peleado ni dejado de hablar con un actor porque haya opinado una cosa o la otra; seguimos siendo los mismos amigos de toda la vida. Al menos, eso pasa conmigo. Entre ellos hay gente que se han peleado por estar acá o allá, a favor o en contra de. Me parece estúpido porque somos un país en el que por suerte seguimos teniendo una democracia, en una república, donde todos podemos opinar. Podemos decir pestes sobre algo, o maravillas sobre algo, y nadie, nadie, nos deja de lado o nos desaparece.
–Parece un absurdo pensar que todos puedan pensar lo mismo y que no haya margen para el disenso. –Esto pasa y viene pasando, se puso casi de moda. Hay compañeros míos que están en cualquier otro lado y no importa lo que piensen, son la misma gente que de pronto adhiere a algo que les parece que es digno, o que está bien o que favorece al país. Así como hay otros a los que les parece que no, que piensan lo contrario. A mí me parece maravilloso que exista alguien que piense blanco y otro, negro. Es la democracia y la república. Hay que respetar las instituciones y que cada cual opine lo que quiera.
“Cuentos para imaginar les muestra a los chicos
cómo de un libro surgen historias maravillosas que los invitan a volar”,
afirma Aleandro.
23/3/15
Librerías y asociaciones agudizan humor e ingenio para promover la lectura
Leer estimula tu imaginación
La Asociación de Editores de Madrid lanza estos dos
anuncios en junio de 2014, con el lema “Leer estimula tu imaginación”.
El mensaje está claro, la lectura fomenta la creatividad, así que
podemos hacer nacer tantos “Sherlocks” o “Cyranos” como queramos.
19/3/15
Si los docentes no leen, son incapaces de transmitir el placer de la lectura
·
de Carlos Andrés Castro Macea ·
en Cultura, Educación, Entrevistas, Estudios, Iberoamérica, Internacional, Latinoamérica. ·
La educadora que revolucionó la lectoescritura, asegura que si los
docentes no leen son incapaces de transmitir placer por la lectura. Dice
que todos los chicos pueden aprender si los maestros se lo proponen.
Para la investigadora, la escuela es muy resistente a los cambios porque
siguen instaladas viejas ideas.
Entrevista por Mariana Otero

Emilia Ferreiro casi no necesita presentación. Para el mundo de la educación es un referente indiscutible, que revolucionó la enseñanza de la lectoescritura y que realizó numerosos aportes a la alfabetización en el mundo.
Es argentina, pero está radicada en México desde hace más de dos décadas. Su tesis de doctorado fue dirigida por Jean Piaget en la Universidad de Ginebra. Hace años que recorre América y Europa dando conferencias y capacitaciones a docentes; es autora de innumerables artículos científicos y libros y fue reconocida varias veces como doctora honoris causa por diversas universidades, entre ellas la Universidad Nacional de Córdoba (1999).
La investigadora del Centro de Investigación de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional de México estuvo en Córdoba invitada por la Facultad de Psicología de la UNC. En diálogo con La Voz del Interior , aseguró que el docente no puede seguir haciendo tareas burocráticas, que debe profesionalizarse, que todos los chicos pueden aprender si tienen un maestro que crea que pueden lograrlo y que la escuela se resiste a los cambios que no genera ella misma. A continuación, un extracto de una larga charla.
–¿Qué puede hacer la escuela para evitar el fracaso escolar?
–El fracaso escolar tiene varias caras (…) Voy a hablar de los aprendizajes vinculados con la lengua. La alfabetización inicial o tiene lugar en los primeros años de la primaria o es un déficit que se arrastra muy mal. Incluso en casos donde no hay percepción de fracaso puede haber fracaso con respecto a lo que significa alfabetizar. Hoy nadie puede considerarse alfabetizado si está en situación de comprender mensajes simples, saber firmar o leer libros con léxico y sintaxis simplificada. Desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una revolución en la que la digitalización de la información es parte de la vida cotidiana y la escuela ni se ha dado cuenta. Entonces sigue preparando para leer un conjunto limitadísimo de textos, sigue haciendo una alfabetización para el pizarrón. Trabajar con la diversidad de textos y alfabetizar con confianza y sin temor a circular a través de los múltiples tipos de textos y de soportes textuales del mundo contemporáneo es indispensable.
–¿Se puede decir que la escuela sigue siendo demasiado conservadora para niños de la era tecnológica?
–El sistema escolar es de evolución muy lenta. Históricamente ha sido muy poco permeable a cambios que la afectaban. Dos ejemplos: cuando apareció la birome, la primera reacción del sistema educativo fue “eso no va a entrar acá porque arruina la letra”, y la escuela le hizo la guerra a ese instrumento: una guerra perdida de antemano (…) Lo mismo hizo cuando aparecieron las calculadoras de bolsillo y dijeron “eso va a arruinar el cálculo escolar y no van a entrar”. Y entraron con muchas dificultades, hasta que en algunos lugares descubrieron que podía hacerse un uso inteligente de la máquina de calcular. En ese contexto hay que ubicarse. La institución escolar siempre ha sido muy resistente a las novedades que no fueron generadas por ella.
–Ahora se resiste a la computadora.
–Es una tecnología de escritura y tiene ventajas innegables para la enseñanza. La primera reacción es de desconfianza. El primer acto reflejo es que si nos traen una, la ponemos con llave.
–¿Se puede alfabetizar igual en diferentes contextos sociales y culturales y con recursos distintos?
–Hay cosas que van a ser iguales y otras que son necesariamente distintas. Algo que les digo siempre a los maestros es: “¿Usted no sabe qué hacer el primer día? Lea en voz alta”. La experiencia de escuchar leer en voz alta no es una experiencia de todos los chicos antes de entrar a la escuela y es crucial para entender ese mundo insólito que tiene que ver con que hay estas patitas de araña (muestra las letras) en una hoja y que suscitan lengua.
–Es otra forma de enseñar a leer y escribir…
–Más que empezar con la pregunta típica de cómo hago para enseñar a leer y escribir, primero hay que enseñar algo acerca de lo que es la escritura y para qué sirve. El maestro tiene que comportarse como lector, como alguien que ya posee la escritura. La gran diferencia entre los chicos que han tenido libros y lectores a su alrededor y los que no los han tenido es que no tienen la menor idea del misterio que hay ahí adentro. Más que una maestra que empieza a enseñar, necesitan una maestra que les muestre qué quiere decir saber leer y escribir. Cuanta menos inmersión haya tenido antes, más hay que darle al inicio.
–¿El docente es consciente de que esta es una buena manera de enseñar a leer y escribir? Hay investigaciones que dicen que los maestros no leen.
–Ese es uno de los dramas del asunto porque se habla mucho del placer de la lectura, pero ¿cómo se transmite ese placer si el maestro nunca sintió ese placer porque leyó nada más que instrucciones oficiales, libros de “cómo hacer para”, leyó lo menos posible. Es muy difícil que ese maestro pueda transmitir un placer que nunca sintió y un interés por algo en lo que nunca se interesó. En toda América latina el reclutamiento de maestros viene de las capas menos favorecidas de la población. En muchos casos no hay aspiración a ser maestro. Y en ese sentido cambió, pasó de ser una profesión de alto prestigio social a una con relativo bajo prestigio social.
–¿Cuánto influye eso en la alfabetización de los niños?
–Mucho, porque si alguien está haciendo lo que hace porque no pudo hacer más, se va a sentir frustrado; y la frustración profesional no ayuda al ejercicio profesional.
Una escuela vieja. –¿Se avanzó en el modo de alfabetizar?
–Hay una visión muy instrumentalista que piensa lo mismo desde hace tantas décadas que da hasta lástima decirlo. Dice: “Primero vas a aprender la mecánica de las correspondencias grafofónicas y para eso mejor que ni pienses porque es un ejercicio mecánico de asociación de correspondencias. Después vas a aprender de corrido, y después vas a entender lo que estás leyendo y después, quizá, te venga esa cosa desde algún milagro llamada placer por la lectura”. En realidad, el placer por la lectura entre los chicos que tienen lectores a su alrededor es lo primero que se instala (…) Es lo primero, no lo último.
–Esta tendencia del placer antes que lo instrumental no está en práctica; seguimos con las viejas teorías. ¿Cómo se revierte eso?
–No es fácil. Lo que no consigo es que me den la lógica de la visión opuesta. Por ese lado hice investigaciones que revelan que los chicos piensan sobre la escritura antes y que lo que piensan es relevante y que es bueno tenerlo en cuenta.
–¿Sigue en vigencia esa idea de que el maestro es la autoridad que les enseña a niñitos que no saben nada?
–Siguen instaladas viejas ideas que son parte de la lentitud del sistema para reaccionar. A veces con el razonamiento de que si siempre se hizo así para qué cambiar (…) Una de las tendencias es regalarle el fracaso a la familia o al niño y no asumir la responsabilidad de que todos los chicos pueden aprender y deben aprender. Andan buscando desde antes que empiece el año escolar quiénes van a repetir o quiénes son los disléxicos o los que tienen alguna patología por la cual la cosa no va a andar. Y realmente todo cambia muy fuerte cuando el maestro dice “aquí no va a haber repetidores” y cuando asume desde el inicio que “aquí van a aprender todos”. Eso exige un involucramiento fuerte del maestro con el aprendizaje; ahí entramos en otra vertiente, en la que el oficio del maestro se ha ido burocratizando cada vez más y desprofesionalizando al mismo tiempo. Recibe instrucciones y las ejecuta: esa es la definición de un burócrata. En tanto, el profesional es el que sabe lo que está haciendo, por qué lo está haciendo y tiene una racionalidad y una especificidad que puede defender profesionalmente.
–¿Cómo se hace para sacar adelante a niños que concurren a escuelas donde hay un libro cada 40 alumnos, sin biblioteca ni computadora y el docente, además, atiende situaciones familiares, psicológicas?
–Enseñar a leer y escribir bajo los bombardeos es difícil. Cuando un maestro está convencido de que puede hacer algo termina descubriendo la manera de hacerlo, y si deja que el malestar general lo apabulle no va a poder hacer nada. Si acepta estar ahí es porque cree que algo puede hacer. Si forma parte de la desesperación colectiva, si se deprime junto con el ambiente, no va a poder hacer nada. Pero hay maestros creativos que consiguen llevar adelante algo que da esperanza… El maestro tiene que decir “aprender es posible”, como el médico decir “la salud es posible”.
Fuente: Redes OEI
– See more at: http://www.educacionyculturaaz.com/educacion/
Entrevista por Mariana Otero

Emilia Ferreiro casi no necesita presentación. Para el mundo de la educación es un referente indiscutible, que revolucionó la enseñanza de la lectoescritura y que realizó numerosos aportes a la alfabetización en el mundo.
Es argentina, pero está radicada en México desde hace más de dos décadas. Su tesis de doctorado fue dirigida por Jean Piaget en la Universidad de Ginebra. Hace años que recorre América y Europa dando conferencias y capacitaciones a docentes; es autora de innumerables artículos científicos y libros y fue reconocida varias veces como doctora honoris causa por diversas universidades, entre ellas la Universidad Nacional de Córdoba (1999).
La investigadora del Centro de Investigación de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional de México estuvo en Córdoba invitada por la Facultad de Psicología de la UNC. En diálogo con La Voz del Interior , aseguró que el docente no puede seguir haciendo tareas burocráticas, que debe profesionalizarse, que todos los chicos pueden aprender si tienen un maestro que crea que pueden lograrlo y que la escuela se resiste a los cambios que no genera ella misma. A continuación, un extracto de una larga charla.
–¿Qué puede hacer la escuela para evitar el fracaso escolar?
–El fracaso escolar tiene varias caras (…) Voy a hablar de los aprendizajes vinculados con la lengua. La alfabetización inicial o tiene lugar en los primeros años de la primaria o es un déficit que se arrastra muy mal. Incluso en casos donde no hay percepción de fracaso puede haber fracaso con respecto a lo que significa alfabetizar. Hoy nadie puede considerarse alfabetizado si está en situación de comprender mensajes simples, saber firmar o leer libros con léxico y sintaxis simplificada. Desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una revolución en la que la digitalización de la información es parte de la vida cotidiana y la escuela ni se ha dado cuenta. Entonces sigue preparando para leer un conjunto limitadísimo de textos, sigue haciendo una alfabetización para el pizarrón. Trabajar con la diversidad de textos y alfabetizar con confianza y sin temor a circular a través de los múltiples tipos de textos y de soportes textuales del mundo contemporáneo es indispensable.
–¿Se puede decir que la escuela sigue siendo demasiado conservadora para niños de la era tecnológica?
–El sistema escolar es de evolución muy lenta. Históricamente ha sido muy poco permeable a cambios que la afectaban. Dos ejemplos: cuando apareció la birome, la primera reacción del sistema educativo fue “eso no va a entrar acá porque arruina la letra”, y la escuela le hizo la guerra a ese instrumento: una guerra perdida de antemano (…) Lo mismo hizo cuando aparecieron las calculadoras de bolsillo y dijeron “eso va a arruinar el cálculo escolar y no van a entrar”. Y entraron con muchas dificultades, hasta que en algunos lugares descubrieron que podía hacerse un uso inteligente de la máquina de calcular. En ese contexto hay que ubicarse. La institución escolar siempre ha sido muy resistente a las novedades que no fueron generadas por ella.
–Ahora se resiste a la computadora.
–Es una tecnología de escritura y tiene ventajas innegables para la enseñanza. La primera reacción es de desconfianza. El primer acto reflejo es que si nos traen una, la ponemos con llave.
–¿Se puede alfabetizar igual en diferentes contextos sociales y culturales y con recursos distintos?
–Hay cosas que van a ser iguales y otras que son necesariamente distintas. Algo que les digo siempre a los maestros es: “¿Usted no sabe qué hacer el primer día? Lea en voz alta”. La experiencia de escuchar leer en voz alta no es una experiencia de todos los chicos antes de entrar a la escuela y es crucial para entender ese mundo insólito que tiene que ver con que hay estas patitas de araña (muestra las letras) en una hoja y que suscitan lengua.
–Es otra forma de enseñar a leer y escribir…
–Más que empezar con la pregunta típica de cómo hago para enseñar a leer y escribir, primero hay que enseñar algo acerca de lo que es la escritura y para qué sirve. El maestro tiene que comportarse como lector, como alguien que ya posee la escritura. La gran diferencia entre los chicos que han tenido libros y lectores a su alrededor y los que no los han tenido es que no tienen la menor idea del misterio que hay ahí adentro. Más que una maestra que empieza a enseñar, necesitan una maestra que les muestre qué quiere decir saber leer y escribir. Cuanta menos inmersión haya tenido antes, más hay que darle al inicio.
–¿El docente es consciente de que esta es una buena manera de enseñar a leer y escribir? Hay investigaciones que dicen que los maestros no leen.
–Ese es uno de los dramas del asunto porque se habla mucho del placer de la lectura, pero ¿cómo se transmite ese placer si el maestro nunca sintió ese placer porque leyó nada más que instrucciones oficiales, libros de “cómo hacer para”, leyó lo menos posible. Es muy difícil que ese maestro pueda transmitir un placer que nunca sintió y un interés por algo en lo que nunca se interesó. En toda América latina el reclutamiento de maestros viene de las capas menos favorecidas de la población. En muchos casos no hay aspiración a ser maestro. Y en ese sentido cambió, pasó de ser una profesión de alto prestigio social a una con relativo bajo prestigio social.
–¿Cuánto influye eso en la alfabetización de los niños?
–Mucho, porque si alguien está haciendo lo que hace porque no pudo hacer más, se va a sentir frustrado; y la frustración profesional no ayuda al ejercicio profesional.
Una escuela vieja. –¿Se avanzó en el modo de alfabetizar?
–Hay una visión muy instrumentalista que piensa lo mismo desde hace tantas décadas que da hasta lástima decirlo. Dice: “Primero vas a aprender la mecánica de las correspondencias grafofónicas y para eso mejor que ni pienses porque es un ejercicio mecánico de asociación de correspondencias. Después vas a aprender de corrido, y después vas a entender lo que estás leyendo y después, quizá, te venga esa cosa desde algún milagro llamada placer por la lectura”. En realidad, el placer por la lectura entre los chicos que tienen lectores a su alrededor es lo primero que se instala (…) Es lo primero, no lo último.
–Esta tendencia del placer antes que lo instrumental no está en práctica; seguimos con las viejas teorías. ¿Cómo se revierte eso?
–No es fácil. Lo que no consigo es que me den la lógica de la visión opuesta. Por ese lado hice investigaciones que revelan que los chicos piensan sobre la escritura antes y que lo que piensan es relevante y que es bueno tenerlo en cuenta.
–¿Sigue en vigencia esa idea de que el maestro es la autoridad que les enseña a niñitos que no saben nada?
–Siguen instaladas viejas ideas que son parte de la lentitud del sistema para reaccionar. A veces con el razonamiento de que si siempre se hizo así para qué cambiar (…) Una de las tendencias es regalarle el fracaso a la familia o al niño y no asumir la responsabilidad de que todos los chicos pueden aprender y deben aprender. Andan buscando desde antes que empiece el año escolar quiénes van a repetir o quiénes son los disléxicos o los que tienen alguna patología por la cual la cosa no va a andar. Y realmente todo cambia muy fuerte cuando el maestro dice “aquí no va a haber repetidores” y cuando asume desde el inicio que “aquí van a aprender todos”. Eso exige un involucramiento fuerte del maestro con el aprendizaje; ahí entramos en otra vertiente, en la que el oficio del maestro se ha ido burocratizando cada vez más y desprofesionalizando al mismo tiempo. Recibe instrucciones y las ejecuta: esa es la definición de un burócrata. En tanto, el profesional es el que sabe lo que está haciendo, por qué lo está haciendo y tiene una racionalidad y una especificidad que puede defender profesionalmente.
–¿Cómo se hace para sacar adelante a niños que concurren a escuelas donde hay un libro cada 40 alumnos, sin biblioteca ni computadora y el docente, además, atiende situaciones familiares, psicológicas?
–Enseñar a leer y escribir bajo los bombardeos es difícil. Cuando un maestro está convencido de que puede hacer algo termina descubriendo la manera de hacerlo, y si deja que el malestar general lo apabulle no va a poder hacer nada. Si acepta estar ahí es porque cree que algo puede hacer. Si forma parte de la desesperación colectiva, si se deprime junto con el ambiente, no va a poder hacer nada. Pero hay maestros creativos que consiguen llevar adelante algo que da esperanza… El maestro tiene que decir “aprender es posible”, como el médico decir “la salud es posible”.
Fuente: Redes OEI
– See more at: http://www.educacionyculturaaz.com/educacion/
12/3/15
14 campañas ingeniosas para incentivar la lectura
Librerías y asociaciones utilizan el humor y la creatividad para promover la lectura.

http://eldiab.org/biblioproyectos-mundiales/
3/3/15
14/2/15
11/2/15
9/1/15
8/1/15
Reencantando la vida a través de la Promoción de Lectura
|
||||||||
| ||||||||
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






