18/3/09

Un corazón para Frankenstein











Texto: Fabián Sevilla
Imagen: Andrés Sobico

Cuando se entera de que el corazón que le han puesto es de un asesino, el pobre Frankenstein sale a buscar otro. ¿De vaca? ¿De pollo? Nada de eso… El mejor corazón es el de un ser humano.


Frankenstein entra al supermercado. Viene contento el monstruo. Amablemente saluda a todos los clientes y empleados, agarra un carrito y comienza a desfilar por entre las góndolas. Ha ido por dos motivos: hacerle los mandados al médico que lo creó y con quien vive; y comprarse algo para él.

Es que, para su espanto, hace poco se enteró de que el corazón que le injertaron al momento de ensamblarlo, ¡era de un asesino! Y desde entonces teme levantarse con mal humor o sufrir una rabieta (algo muy raro en él), y terminar aniquilando a cuantos se le crucen enfrente.

Luego de planteárselo, su creador quiso calmarlo diciéndole que su temor era infundado. Pese a su insistencia, le dijo que estaba bien, que no había problema. Le cambiaría el corazón, pero debía conseguírselo él por su cuenta.

El monstruo ya ha llenado el changuito con todo lo que necesita para las comidas de esa semana (es excelente cocinero) y los productos de limpieza para dejar su castillo hecho una pinturita (también, es muy pulcro). Por eso, se aboca a encontrar lo que tanto desea.



Enfila hacia la carnicería.

—¿Tiene corazón? —le pregunta al carnicero.

—De vaca —responde el tipo mientras afila un cuchillo contra otro cuchillo—. Ideal para preparar milanesas.

—Sucede que no lo quiero para milanesas —le informa Frankenstein, con algo de vergüenza de confiarle el verdadero uso que espera darle.

Y en un microsegundo se imagina con un corazón que lo haga mugir en vez de hablar, lo obligue a rumiar pasto en vez de comer todas las cosas ricas que le gustan y que él prepara (¿te dije que era un gran cocinero?) y lo peor, convertido en un monstruo que da leche.

—También hay corazoncitos de pollo —le ofrece como opción el carnicero, sin soltar sus cuchillos—. Puede prepararlos con arroz o en guisito.

—Usted dirá: ¡cómo jorobo! Pero no es lo que busco —le explica.

Ahora se ve desayunando a picotazos maíz crudo y buscando gusanos para sus otras comidas. ¿Y si el pollo resultara ser gallo? Obligado a despertarse al amanecer y, parado sobre un palo, tener que cacarearle al sol. ¿O si fuera gallina? Ya le duele el trasero con la sola idea de verse forzado a poner al menos un huevo al día.

—Si lo que busca son achuras —le interrumpe la visión el carnicero—, puede llevar riñón o hígado.

A Frankenstein, la idea de tener esos órganos en vez de un corazón le da repelús.

—Gracias, pero de ésos ya tengo —. Y se dirige a la verdulería. Ese día hay ofertas en toda clase de frutas y le gusta la posibilidad de que le pongan un corazón aromático, colorido y con todas las vitaminas habidas y por haber.

Descarta llevarse un melón: es muy grande y además, lo constipa. También una manzana: lo que menos quiere es terminar con un gusano viviendo en sus entrañas. Menos un limón, no quiere tener sentimientos ácidos; ni tampoco un pomelo, porque si no sería un amargado. Al durazno ni lo mira: los pelitos le causan alergia. Si se llevara una pera de agua, nadie le asegura que apenas comience a latir termine deshaciéndose.

—¡Membrillo! ¡Me fascinaría tener por corazón un membrillo! —se propone.

Pero el empleado le avisa que justo no es temporada.

Sin dejarse rendir, Frankenstein va a la heladera de los lácteos. Tal vez un queso podría servirle, pero el único que hay es con agujeros y él quiere un corazón sanito. En la panadería, lo que más le convence es una medialuna, pero piensa en que tal vez atraiga hormigas y le causen un infarto. Sólo le queda la sección de artículos del hogar: lo único que se acerca a lo que busca es un despertador, pero no podría vivir con un cuore que podría atrasar o adelantar y menos, que cada cierto tiempo le suene una alarma.

Se siente frustrado. Pensó que sería más fácil.

Justo, por el altavoz anuncian que están por cerrar. Y como no quiere irse con las manos vacías, vuelve a la carnicería, donde con todo el dolor del alma termina llevándose el corazón de vaca.

Está pagando en la caja y piensa en los efectos colaterales de que le trasplanten una víscera vacuna. Entonces, una lágrima rueda por su mejilla y cuando le cajera le pregunta si se siente mal, le responde con el consabido:

—Me entró una basurita en el ojo, no se preocupe —. Y se va. Cuando llegue a su castillo podrá encerrarse en el sótano y llorar a grito pelado sin que lo vean.

Casi en la puerta, delante de él hay una anciana. Carga como diez bolsas, todas llenas. Se nota que le pesan un montonazo y, encima, una se desfonda regando todo el piso con latas, frascos y cajitas. Los demás le pasan por al lado y casi por encima sin siquiera ayudarla. El monstruo deja sus bolsas y la asiste.

—Gracias, jovencito —le dice la viejita—. Ya no hay personas como usted.

—Si vive cerca, la acompaño y le llevo las cosas —ofrece el monstruo, mientras se sorbe los mocos porque no ha podido evitar largarse a llorar en público.

—¿Me haría el favor? —acepta la mujer—. Usted sí que tiene un corazón grande como una casa de dos pisos. De los que les harían falta a otros, que en cambio tienen una piedra.

Lo que oye le gusta a Frankenstein. Ahora, camina junto a la viejita y reflexiona que, después de todo, lo que importa no es el corazón, sino la persona que lo usa.

En cuanto al que compró en la carnicería, planea prepararlo estofadito para él y su creador. (¡No sabés lo rico que le saldrá!)




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